
Un anciano estaba de mal humor, todas las cosas le parecía
absurdo, no tenía razón por qué contenía esa molestia; con una mente un poco aturdida
se abalanzaba en su mecedora contemplando el jardín en un día oscuro de invierno,
de pronto sintió unos pasos por detrás que se acercaban a Él, enseguida siente
que alguien le tira la mecedora hacia
atrás cayendo aparatosamente el anciano, se puso de pie con tanta ira cuan
Poseidón a Odiseo, adolorido, poco a poco fue levantando la mirada con una
respiración como la de un tora hacia el torero, ve que un niño muy sonriente de
oreja a oreja con una ternura muy resplandeciente y era su nieto de cinco años;
el anciano se contuvo a darle un bofetada por lo sucedido, pero se contagió de
la alegría del niño que lo abrazó y juntos se pusieron a reír, de tal manera
que el mal humor quedó en el olvido.
Una sonrisa cura ese mal día, donde a veces no sentimos estresados,
renegados, ya sea en la familia, en el trabajo o por una tarea que hicimos y no
resulto tal como lo pensamos, creemos que descargando la ira en un ser querido o
amigo se va a solucionar
automáticamente.
Una sonrisa es el mejor regalo que podemos dar a nuestro
entorno social, desde que apunta la mañana hasta la hora de acostarnos.
La sonrisa cura los males; si el enfermo posee un estado de ánimo
muy bajo, su enfermedad cobrará más gravedad, sin embargo, si cambia ese estado
por contar chistes, recordar anécdotas muy cómica aunque ridículas, el cuerpo
libera endorfinas que mejoran la salud; porque la mente es la que gobierna
nuestro cuerpo, si tenemos idea que estamos mal, pues el cuerpo se torna a raíz
de esa idea, pero si tenemos esa idea de que estamos estupendamente bien,
nuestro cuerpo va a reflejar esa vitalidad a los demás.